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La Pregunta que salvó mi matrimonio.

La Pregunta que salvó mi matrimonio.
“El verdadero amor no es desear a una persona, sino desear de verdad su felicidad, a veces, incluso, eligiéndola sobre la nuestra. El verdadero amor no es hacer del otro la copia exacta de uno mismo. Es cuidarle y querer el bien para ellos. Todo lo demás es simplemente una farsa de interés propio.”
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Mi hija mayor me dijo recientemente: “Cuando estaba pequeña, tu y mamá peleaban tanto que pensé que era mejor que se divorciaran. Pero agradezco muchísimo que hayan solucionado sus problemas.”

Durante años, mi esposa y yo pasamos dificultades. Mirando hacia atrás, no estoy exactamente seguro de lo inició el distanciamiento, pero nuestras personalidades de repente no encajaban. Y cuanto más tiempo pasaba más extremas se hacían las diferencias. “La fama y la fortuna” no hicieron nuestro matrimonio más fácil. De hecho, exacerbaron nuestros problemas. Nuestra lucha se hizo tan constante que era difícil imaginar una relación pacífica. Llegamos a estar perpetuamente a la defensiva y al borde del divorcio, que más de alguna vez discutimos.

Después de una fuerte pelea sentí que había llegado al límite, me sentía solo y frustrado. Entré a tomarme una ducha y me encontré gritándole a Dios, ya no podía más. Por mucho que odiaba la idea del divorcio, el dolor de estar juntos era simplemente demasiado. Estaba confundido. No podía entender por qué el matrimonio era tan difícil. En el fondo sabía que mi esposa era una buena persona, y que yo era una buena persona. Entonces ¿por qué nosotros no podíamos llevarnos bien? ¿Por qué me había casado con alguien tan diferente a mí?

Me senté en la ducha y empecé a llorar. En el fondo de mi desesperación llegó una poderosa inspiración, “sólo puedes cambiar tu”, y ahí empezó todo.

Mientras estaba en la cama, los pocos centímetros que nos separaban parecían millas de distancia, supe lo que tenía que hacer. Esperé a la mañana siguiente, me di la vuelta y le pregunté: “¿Qué puedo hacer para mejorar tu día?” Ella contestó “No  puedes”. “Lo digo en serio”, le dije. “Sólo quiero saber qué puedo hacer para mejorar tu día”. Ella me miró cínicamente y contestó, “Ve a limpiar la cocina”. Probablemente ella creía que me enojaría pero en lugar de eso solo asentí, me levanté y limpié la cocina.

Al día siguiente le pregunté lo mismo. “Limpiar el garaje”, me contestó. Aunque tuve la tentación de explotar delante de ella, respiré profundo y contesté, “está bien”.

La mañana siguiente llegó. “¿Qué puedo hacer para mejorar tu día?”. “¡Nada!”, dijo. “Por favor, deja de preguntármelo”. “Lo siento, pero no puedo”, le expliqué. “Hice un compromiso conmigo mismo porque me preocupo por ti y por nuestro matrimonio”.

Al día siguiente pregunté de nuevo. Y el siguiente. Y el siguiente. Entonces, durante la segunda semana, pasó un milagro. Mientras hacía la pregunta, los ojos de mi esposa se llenaron de lágrimas. Cuando pudo hablar, dijo: “Por favor, deja de preguntarme eso. Tú no eres el problema. Yo soy. No sé por qué te quedas”. Levanté suavemente su barbilla hasta que ella me miro a los ojos. “Es porque te amo”, le aseguré. “Yo debería preguntarte qué puedo hacer para mejorar tu día”, me dijo. “Quizá”, le contesté. “Pero no ahora. En este momento, tú mereces saber cuánto significas para mí”. Ella puso su cabeza en mi pecho y por primera vez en mucho me respondió “te amo”.

“¿Qué puedo hacer para mejorar tu día?”, volví a preguntar. Ella me miró con dulzura, “¿podemos tal vez sólo pasar un tiempo juntos?” .

Seguí preguntando por más de un mes. Y las cosas cambiaron. La lucha cesó. Entonces ella comenzó a preguntar, “¿Qué necesitas de mí? ¿Cómo puedo ser una mejor esposa?”. Ambos nos comprometimos con hacer feliz al otro y por consiguiente a nosotros mismos. Las paredes entre nosotros cayeron, y aunque no puedo decir que dejamos de pelear, simplemente intentamos resolver las diferencias de una manera constructiva, sin hacernos daño uno al otro, unidos.

Llevamos más de 30 años casados. Yo no sólo amo a mi esposa, me gusta y mucho. Me encanta pasar tiempo con ella, la necesito. Hemos logrado hacer de nuestras diferencias un ejercicio de comunicación, hemos aprendido a cuidar el uno del otro.

El matrimonio es trabajoso, pero también lo es la paternidad, encontrar el éxito profesional y  hasta mantenerse en forma. Pero así es todo lo importante en la vida, al menos lo que vale la pena. Tener un compañero en la vida es un don extraordinario.

A través del tiempo he aprendido que nuestra experiencia fue una ilustración de una lección mucho más grande sobre el matrimonio. La pregunta que todos en una relación comprometida deberían preguntarse es: “¿Qué puedo hacer para mejorar tu vida?” Eso es amor significativo.

No estoy diciendo que lo que nos funcionó a nosotros va a funcionar para todos. Pero puedo asegurar que no hay cosa que me haga mas feliz que tener a mi familia unida, y a mi mujer, mi mejor amiga a mi lado cuando me despierto por la mañana. Y estoy agradecido de que incluso ahora, décadas después, de vez en cuando, uno de nosotros sigue diciendo: “¿Qué puedo hacer para mejorar tu día”.

Artículo adaptado del escrito original por Richard Paul Evans para faithit.com, traducido al español por David Tamas.de Mormonsud.org

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